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WESOLOSKI DE VANEGAS, ROSA.

El 17 de diciembre, aniversario de la muerte del Libertador, cumplió treinta y cinco años de graduada de profesora normal nuestra compañera Doña Rosa Wesoloski de Vanegas. A la edad de 17 años se incorporó, en 1904, al magisterio nacional esta recia mujer, de claro talento y grandes energías, que ahora, docta en sufrimientos después de treinta y cinco años continuos al frente de su escuela todavía sabe sonreír y sabe esperar.

Doña Rosa, como cariñosamente le llaman sus discípulos, es del temple austero de una verdadera maestra: dulce y afable de carácter, firme y resuelta en todas sus determinaciones, ecuánime en sus decisiones, desprendida en toda innoble ambición, de todo egoísmo rastrero, se da íntegramente, sin que ante la mezquindad ni ante el ataque insidioso su rostro se inmute ni su voluntad se quebrante.

Maestra vocacional, luchó hasta con la miseria durante seis años continuos para alcanzar el título y hubo de pagar profesores particulares para cursar las materias, que una reforma del programa impuso en el año de 1902, y que no se cursaban en la normal. Sin que el título le cerrara los caminos del estudio, ha continuado sistemáticamente su labor de perfeccionamiento, de modo que hoy, a sus años, la encontramos informada de las cuestiones más recientes, que discute con calor, modificando los juicios de sus hijos, maestros también. En 1936, no obstante que protestaba de que a sus años no era posible perfeccionamiento, que ella lo que tenía era necesidad de descanso, no pudo sobreponerse a las ansias de información que le dominaban, y para llevar a su escuela las innovaciones propuestas, asistió a los cursos de perfeccionamiento organizado por la Primera Misión Chilena, en los cuales la veíamos diligente tomando apuntes, preparando tareas, discutiendo, elaborando material, no para guardarlo junto con un certificado de asistencia, sino para incorporar todo ese cúmulo de cosas, vivificadas con el calor de su espíritu a la escuela que dirige. Ahora la encontramos asistiendo con regularidad a los cursos de Supervisión, Organización y Administración escolar que se dictan en el Instituto Pedagógico Nacional. Es ésta una demostración de que para aprender nunca es tarde y sirve de ejemplo a los que atrincherados tras de una rutina inoperante ni se preocupan por cambiar el rumbo ni se mortifican por el escaso rendimiento de la escuela.

Misia Rosa, fue maestra de una escuela unitaria en la Parroquia de Santa Rosalía de esta ciudad, de otra escuela en la Parroquia de Santa Teresa. En 1911, cuando se inició un comienzo de reforma en la educación nacional y se procedió a crear las escuelas graduadas, (antes se les llamó concentraciones, porque estaban formadas de varias escuelas unitarias reunidas en un local), ella organizó la Escuela Modelo de Aplicación, anexa a la Escuela Normal de Mujeres, introduciendo allí las técnicas pedagógicas en boga entonces. El Ministerio aprobó tanto el nombre dado a la escuela, en vista de la finalidad que con ella se perseguía, como el plan adoptado para su funcionamiento. En esa escuela dirigió las prácticas de las estudiantes normalistas y hacía las críticas sobre las deficiencias en Metodología y Pedagogía a las dichas estudiantes. No obstante que este trabajo era ya excesivo y de grandes responsabilidades, se le recargó el trabajo encargándola, con la misma remuneración del 5º y 6º grado de la dicha escuela. El doctor Felipe Guevara Rojas, el único y auténtico innovador de la educación en Venezuela, no obstante su fugaz paso por el Ministerio de Instrucción, y los inevitables errores cometidos, explicables por la estructura misma del régimen en que le cupo actuar, nombró a la señora Vanegas Directora de la Escuela Federal "Félix María Paredes" (hoy escuela O'Higgins) y no obstante sus méritos indiscutibles y su labor meritoria, esa maestra incansable fue descendida y trasladada de allí a un grado de la Escuela Federal Guzmán Blanco, al encargándose por primera vez del Ministerio de Instrucción el doctor González Rincones, de ingrata memoria en el magisterio, precisamente cuando ya madre, necesitaba de mayores entradas para atender a las necesidades de un hogar pobre y honesto. Pero eso ha sido en nuestro país la justicia permanente para con el maestro, que sin horizontes, mira pasar su vida entre la destitución, la suspensión y el cambio, en resignada actitud de espera o con rebelde gesto de protesta ante la injusticia. Pero la señora Vanegas no se amilanó. Por sus venas corre sangre polaca, de esa sangre procera que alimentó una Nación desaparecida del mapa, pero viva en el corazón de sus hijos que soñaban la libertad, de la sangre de María Curie, indomable, altiva, sufrida en la adversidad, pero esforzada en el logro del ideal. De la Escuela Guzmán Blanco pasó la señora Vanegas a dirigir la Escuela Federal Elías Toro, en El Valle, escuela incompleta que funcionaba con tres grados únicamente. Ella creó el cuarto grado que desde entonces funciona en dicha escuela. En la Parroquia de El Valle, se recuerda con cariño, porque supo establecer los verdaderos lazos entre el hogar y la escuela, ya que, compenetrada en su labor no podía circunscribir su acción a las cuatro paredes del aula, sino llevar su influencia y sus esfuerzos hasta el pueblo, para mejorarlo y para estimularlo. De la dirección de la Escuela Elías Toro, fue trasladada la señora Vanegas a la dirección de la Escuela Agustín Aveledo, que actualmente sirve y que recibió en estado deplorable, con una inscripción de 75 alumnos. Hoy la escuela ha quintuplicado su inscripción y cuenta con un personal de ocho maestras, gracias a los desvelos y constancia de la directora. Allí se sigue un plan armónico de actividades, coordinados todos los esfuerzos de los maestros, según las exigencias de una escuela renovada, que si aún no alcanza plena expresión, sí indica una preocupación de progreso y de mejoramiento de nuestra educación. En la Escuela "Agustín Aveledo" funciona un Kindergarten con material construido por la propia señora Vanegas, ya que para actividades de esta clase nuestra escuela carecen de todo instrumental y el maestro con su escaso sueldo, tiene que construir solo, en la medida de sus posibilidades y de acuerdo con sus habilidades manuales, habilidades que son resaltantes en la señora Vanegas, cuya intuición artística le ha llevado a introducir en el plantel que dirige las prácticas del decorado y de los trabajos manuales con sentido, que sirven de expresión a las clases y de estímulo y entrenamiento a las niñas. En la reciente exposición de trabajos escolares realizadas en el Ministerio de Educación se destacaron por su belleza los de la escuela "Agustín Aveledo".

No en valde han pasado por encima de la señora Vanegas treinta y cinco años de labor ardua y penosa, en el cual han faltado los estímulos, pero han abundado los contratiempos, por eso en comunicación que dirigiera al Director de Educación Primaria y Normal el 14 de octubre de 1937, en la cual solicitada le fuera concedido la jubilación a que tiene derecho, decía: "Por causas inherentes a mi labor, porque ya los años mozos se fueron de mi mente y se gastaron en el servicio de la educación, porque mis energías se escaparon con mi enseñanza, porque estoy fatigada de alma y de cuerpo, no me siento con ánimos de seguir trabajando. Ya le he dado a mi país, mi tierra se ha llevado lo mejor de mis años, y alguna porción de nuestra juventud tiene entre sus conocimientos la semilla de mi palabra. Mi tierra se ha llevado mi esfuerzo y mi trabajo. Yo estoy satisfecha de haber servido a mi patria y a mi juventud. Pero por otra parte los años de trabajo me han agotado y si mis esfuerzas materiales escasean, mucho más lo hacen mis energías espirituales ante una perenne desilusión de verme abatida y solamente llena de recuerdos". He allí la tragedia del maestro venezolano, recorre el camino cayendo aquí y allí, dando tumbos y soportando vejámenes y cuando cansado ya, busca un apoyo, un seguro y acogedor sitio de llegada, se le niega todo, se le escatima todo. Como esta compañera hay muchos maestros que no han sido oídos todavía. En el Ministerio de Educación se le dijo entonces a la señora Venegas que no quería comprometer su valiosa obra de tantos años con una retirada intempestiva, que ella debía continuar, porque así garantizaba la continuidad de esa labor, y además el presupuesto estaba agotado y no pedía concedérsele la jubilación en la cuantía de sus necesidades. Pero ya de esto hace dos años y la señora maestra continúa esperando. ¿Por cuánto tiempo? ¡Quién lo sabe!.

La obra de la señora Vanegas no está sólo en la escuela. Ha formado sus hijos para el servicio del magisterio y ellos continuarán, con la misma disciplinas y desinterés la obra de la madre. Horacio Vanegas sirve con acierto y talento la Subdirección del Colegio Federal de Maracay, Mireya, maestra graduada, gran espíritu, claro talento y una vocación formada, sirve actualmente una cátedra de Física en la Escuela Normal de Señoritas y asiste al Instituto Pedagógico Nacional, donde continúa estudios; Gladis, la menor, sigue cursos de educación Normal.

Continuadores de una labor que les es propia, los hijos podrían acaso superar a la madre., pero en ellos alentará ese espíritu recio y esa disciplinada voluntad, que les forjó la señora Vanegas. Por eso, el Ministerio no debe abrogar temores de que pueda destruirse la obra de esta maestra, porque la tradición familiar se encargará de continuarla y debe por tanto aprovechar la primera oportunidad que se le presenta para conceder la jubilación a esta abnegada servidora, que tiene derecho a un merecido descanso.

La señora Venegas además de una buena maestra es una excelente compañera. Su espíritu solidario le llevó a las filas de la Sociedad Venezolana de Maestro de Instrucción Primaria, desde 1932, en que se fundó esta institución y ahora milita con fervor en las filas de la Federación Venezolana de Maestros. Allí es un ejemplo de entusiasmo, de constancia y lealtad, por ello le vemos en todos los actos celebrados por la institución. En las Convenciones nacionales y regionales, acompañado a sus hijos, con su jovial carácter pone una nota de cordialidad en todas las reuniones. En Barquisimeto, en Cumaná, en Valencia, en Ocumare del Tuy, la hemos visto compartiendo los triunfos de la Federación Venezolana de Maestros, como en las horas difíciles ha compartido las responsabilidades y los contratiempos. En la actualidad la llamomos cariñosamente la "Genuina", porque en los días de tropiezos y contrariedades de 1936 cuando un grupito de cinco o seis malos compañeros se encargaban de hostilizar la labor que venía desempeñando la S. V. M. I. P. y trataron de escindir las filas del magisterio proclamándose venerables de la educación, ella sostuvo en alto su espíritu y no se dejó llevar por las insinuaciones malévolas de los que llamaban a sí mismo venerables. La S. V. M. I. P. había proclamado que era la genuina representación del magisterio venezolano y lo probó, desde luego que al convocar la primera Convención Nacional del Magisterio, logró la concurrencia de delegados de todo el país, que convinieron, para dar mayor amplitud a la asociación con anexión de los profesores de otras ramas de la educación en formar la F. V. M., que es la prolongación de aquella institución. En esos días, como le preguntara la compañera Ana Gertrudis Ohep a la señora Vanegas que si estaba con los venerables, ésta con altivez le contestó: "No hija, yo soy genuina", palabra que entre nosotros quiere decir auténtico maestro.

El año pasado, por designación del Consejo Directivo Central de la F. V. M. cupo a la señora Vanegas el encargo de colocar la primera piedra para la casa del Maestro, entonces nos decía, con éstas o parecidas palabras: "Estor tan vieja que acaso no vea concluida esta Casa del Maestro, pero me consuela pensar, que con la primera piedra colocada algo de mi espíritu palpitará en ella, porque el ideal que la inspiró está en mí, remozándome siempre, y ese ideal, que es aspiración purísima de perfección, no muere nunca". En esas expresiones está de cuerpo entero la compañera Rosa de Vanegas que con su gran espíritu alienta la labor de los maestros jóvenes y estimula y reconforta a los maestros de su edad. Junto a ella no puede haber decaimiento. porque ella está hecha de esa madera de maestros que con una sonrisa en los labios saben esconder su propia tragedia, porque no quieren que sus dolores y amarguras trasciendan a los demás. He allí un ejemplo de magisterio consciente, de abnegación y sacrificio, pero de entereza moral también, que nada quebranta. Así debe ser el maestro.

 

PRIETO FIGUEROA, LUIS B.

En: Maestros de América. Ediciones de la Presidencia de la República. Caracas, 1975

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